Con imágenes satelitales del Pacífico ecuatorial, la agencia espacial estadounidense detectó tres señales claves: aumento del nivel del mar, calentamiento anómalo y cambio en el color del océano.

La comunidad científica internacional está en alerta por la evolución de un fenómeno climático de escala global. La NASA confirmó que monitorea en tiempo real el avance de un episodio de El Niño que podría convertirse en el más potente registrado en los últimos 75 años.

El seguimiento se realiza a través de su flota de observación terrestre, que mide altura marina, temperatura superficial y color oceánico. De acuerdo a la información difundida este 19 de octubre, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) calculó en 83% la probabilidad de que el evento ya esté en curso.

El primer indicio surgió en enero de 2026 cerca de Micronesia. Allí se identificó una onda Kelvin, un pulso de agua cálida que actúa como una autopista submarina y traslada calor de oeste a este a lo largo de miles de kilómetros. Ese mecanismo debilita los vientos alisios y desencadena una reacción en cadena: sube el nivel del mar en el este y se acentúa el calentamiento.

Para abril, el fenómeno ya mostraba impactos medibles. En el Pacífico oriental el mar se elevó entre 30 y 40 centímetros por encima de lo normal, con desplazamiento hacia Sudamérica y la costa de California, mientras que en Indonesia y el norte de Australia el nivel cayó entre 15 y 20 centímetros.

La medición se apoya en una serie continua de altimetría satelital que funciona desde 1993 y que hoy continúa con los satélites Sentinel-6, capaces de cubrir millones de kilómetros en un día. A eso se suman radiómetros de microondas e infrarrojos que detectaron temperaturas superficiales 1,7°C por encima del promedio histórico en el Pacífico oriental.

La tercera señal es cromática. El satélite PACE, lanzado en 2024, analiza el océano con color hiperespectral y reveló que las aguas ecuatoriales se ven más azules por la caída del fitoplancton, base de la cadena alimentaria marina. El fenómeno responde al menor afloramiento de aguas frías y ricas en nutrientes.

El científico del Laboratorio de Propulsión a Chorro Josh Willis comparó las ondas Kelvin con el latido del corazón del fenómeno, posible de rastrear gracias a los satélites.