Veteranos que regresaron al archipiélago después de la guerra cuentan por qué decidieron volver pese a los requisitos migratorios vigentes. Entre la memoria, la necesidad de cerrar heridas y el reclamo de soberanía, el pasaporte se convirtió en el centro de una discusión que atraviesa a quienes combatieron en 1982.
Más de cuatro décadas después de la Guerra de Malvinas, el regreso al archipiélago continúa planteando un dilema que excede cualquier cuestión turística. Para algunos veteranos, ingresar con un pasaporte argentino y someterse al control migratorio de las autoridades que administran actualmente las islas implica aceptar, aunque sea de manera simbólica, una situación que consideran ilegítima. Para otros, en cambio, el documento representa apenas una formalidad que no modifica el vínculo histórico, afectivo y político que la Argentina mantiene con el territorio.
La discusión cobró especial relevancia a partir de los testimonios de veteranos y familiares que decidieron regresar en los últimos años. Sus experiencias muestran que volver a Malvinas puede significar reencontrarse con antiguos campos de batalla, visitar las tumbas de compañeros caídos y recorrer lugares que quedaron grabados en la memoria de quienes participaron del conflicto.
Al mismo tiempo, el viaje vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿es preferible no regresar para evitar cualquier gesto que pueda interpretarse como reconocimiento de la administración británica o resulta más importante ocupar simbólicamente el territorio con presencia argentina?

La pancarta con la frase «Las Malvinas son Argentinas» hizo que aumentaran las búsquedas en Google sobre las Islas.
Un requisito que nació con el acuerdo de 1999
La obligación de utilizar pasaporte para ingresar a las islas no es reciente. La Declaración Conjunta suscripta el 14 de julio de 1999 entre la Argentina y el Reino Unido restableció el acceso de ciudadanos argentinos continentales al archipiélago mediante la presentación de un pasaporte válido durante el período previsto de permanencia. La Cancillería argentina mantiene registrado ese antecedente como parte de los entendimientos alcanzados entre ambos países después de años de restricciones.
En términos prácticos, quien pretende viajar debe cumplir con los requisitos migratorios establecidos para el ingreso. El pasaporte vigente constituye el documento fundamental y el visitante queda sujeto al correspondiente control de entrada.
Para muchos veteranos, sin embargo, el problema no termina en mostrar el documento. El sello colocado durante el procedimiento migratorio adquiere una dimensión política y emocional debido a que las islas continúan bajo administración británica mientras la Argentina sostiene su reclamo de soberanía.
La cuestión no es meramente simbólica dentro del derecho internacional. Naciones Unidas reconoce desde la Resolución 2065 de 1965 la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido y ha reiterado en distintas oportunidades la necesidad de encontrar una solución pacífica y negociada. En junio de 2025, el Comité Especial de Descolonización volvió a solicitar a ambos gobiernos que retomen las negociaciones.
Esa situación explica por qué un trámite migratorio puede adquirir para los argentinos una carga política que no tendría en un destino internacional convencional.
Dos maneras de entender el regreso
La controversia también quedó reflejada en la postura de la vicepresidenta Victoria Villarruel, quien en octubre de 2025 sostuvo públicamente que no ingresaría a Malvinas mediante un pasaporte mientras las islas no fueran recuperadas. Su posición sintetizó la mirada de quienes entienden que aceptar ese procedimiento supone reconocer una autoridad extranjera sobre territorio argentino.
Pero existe otra interpretación entre los propios protagonistas de la guerra y personas vinculadas a la causa.
Daysi Rendo Gadea, periodista, viuda del piloto civil del Escuadrón Fénix Carlos “Cacho” María Vergara Ruzo y vinculada a la Comisión Malvinas de APERA, decidió viajar al archipiélago en febrero de 2026. Lo hizo acompañada por los veteranos Héctor Tessey y Juan Carlos Yorio.
El viaje tuvo para ella una dimensión personal. Su objetivo era conocer directamente el territorio que su esposo había defendido durante la guerra y aproximarse a una historia que, durante décadas, había permanecido atravesada por la ausencia y el dolor.
La experiencia modificó su mirada sobre la discusión del pasaporte. Rendo Gadea considera que, frente al paso del tiempo y la edad de los veteranos, postergar indefinidamente el regreso puede significar perder la oportunidad de conocer las islas y transmitir personalmente esa memoria.
Su recorrido también le permitió observar un territorio que, con el paso de los años, desarrolló una infraestructura muy diferente de la que existía durante el conflicto. Según su relato, encontró nuevas viviendas, caminos y vehículos, además de una población integrada también por personas provenientes de diferentes lugares del mundo.
A su entender, existe una diferencia significativa entre la posibilidad de trasladarse temporalmente como visitante y la de establecerse en las islas. Desde su perspectiva, un argentino no dispone allí de las mismas posibilidades de radicación, trabajo o adquisición de una vivienda que quienes forman parte de la comunidad establecida bajo la administración británica.

Daysi Rendo Gadea en el Monte Tumbledown, una de las zonas de combate en las Islas Malvinas.
“Sentí que nuestra presencia incomodaba”
Uno de los aspectos que más impactó a Rendo Gadea durante la visita fue la sensación de estar recorriendo un territorio cuya historia sigue siendo objeto de disputa.
El grupo transitó zonas que fueron escenarios de combate y pudo observar huellas materiales de la guerra. En algunos sectores permanecen cráteres, restos y estructuras vinculadas al conflicto, mientras que los antiguos pozos de zorro continúan dando cuenta de las condiciones extremas en las que combatieron los soldados argentinos.
Para la periodista, la presencia de argentinos recorriendo esos lugares tiene también un significado político. Su postura es que viajar pacíficamente, conocer el territorio y transmitir lo observado puede contribuir a mantener activa la cuestión Malvinas.
Desde esa perspectiva, el viaje no debería ser interpretado únicamente como turismo. También puede convertirse en una herramienta de memoria y de transmisión hacia las generaciones que no vivieron la guerra.
La discusión adquiere así un nuevo matiz: mientras algunos consideran que el ingreso bajo las reglas migratorias vigentes constituye una concesión que no debe aceptarse, otros entienden que la presencia argentina en las islas puede servir precisamente para recordar que la disputa continúa sin resolución.
Juan Carlos Yorio y el regreso al lugar donde combatió
Entre quienes decidieron volver se encuentra Juan Carlos Yorio, veterano que participó del conflicto como oficial del Ejército.
Yorio había permanecido durante décadas con la intención de regresar al escenario de la guerra. La posibilidad finalmente apareció a fines de 2025, cuando se incorporó a un grupo que tenía previsto viajar en febrero del año siguiente.
Su regreso tuvo un fuerte componente de reconstrucción personal. Volvió a recorrer espacios que había conocido en condiciones completamente distintas durante 1982 y pudo reconocer lugares vinculados directamente con sus tareas militares.
Uno de los momentos más significativos fue encontrar nuevamente el sector donde había funcionado su puesto de comando. También pudo observar durante el día caminos y terrenos que, durante la guerra, había atravesado en plena oscuridad y bajo el impacto de los combates.
La diferencia entre ambas experiencias fue profunda. Décadas atrás, la visibilidad estaba condicionada por la noche, el clima y las explosiones. Esta vez pudo observar con detenimiento la geografía y comprender de otra manera el terreno en el que se había desarrollado el conflicto.
El paisaje urbano también le mostró cuánto habían cambiado las islas. Puerto Argentino presentaba una infraestructura diferente a la que recordaba: más viviendas, caminos y circulación de vehículos.
Su contacto con habitantes locales tampoco estuvo marcado por episodios de confrontación. Durante una excursión incluso fue trasladado por una mujer cuya familia tenía vínculos con las islas. Al conocer que Yorio había sido militar y había combatido allí, el encuentro se desarrolló de manera cordial.

Juan Carlos Yorio, veterano de Malvinas.
El dilema del sello: ¿trámite o concesión?
Yorio admite que el procedimiento migratorio genera rechazo en muchos veteranos. La idea de presentar un documento argentino ante autoridades que ejercen el control efectivo del territorio y recibir un sello de ingreso puede resultar contradictoria con la convicción de que las islas pertenecen a la Argentina.
Sin embargo, en su propia experiencia terminó prevaleciendo otra consideración: el significado personal de volver.
Para el veterano, el documento no modifica la historia ni sus recuerdos. El pasaporte puede ser entendido como un requisito administrativo impuesto por la realidad existente, mientras que la presencia física en el territorio tiene un valor emocional y testimonial mucho mayor.
Ese razonamiento resume una de las principales posiciones que aparecen entre los excombatientes que regresaron: el procedimiento migratorio puede resultar incómodo, pero no necesariamente tiene que determinar si un veterano debe o no volver al lugar donde combatió.
Miguel Ángel Rodríguez: volver para cerrar una historia
Otro caso significativo es el de Miguel Ángel Rodríguez, quien llegó a Malvinas como soldado conscripto.
Había realizado el servicio militar durante 1981 y fue convocado nuevamente en 1982, esta vez para participar del conflicto. Más de cuatro décadas después tuvo la posibilidad de regresar como parte de una iniciativa vinculada al Municipio de Merlo.
Su experiencia quedó incorporada al documental Malvinas, legado de sangre, dirigido por Daniel Ponce, que reúne los testimonios de veteranos de Merlo que regresaron al archipiélago acompañados por familiares. La producción fue estrenada en 2026 y recibió previamente el Golden Gate Film Award al Mejor Film Extranjero en la categoría documental.
Para Rodríguez, el regreso tuvo un objetivo esencialmente personal: completar una etapa de su vida que había quedado abierta desde 1982.
Durante su estadía pudo visitar sitios que no había conocido durante la guerra y llegar hasta el Cementerio de Darwin, donde descansan numerosos combatientes argentinos.
El recorrido adquirió allí una dimensión especialmente dolorosa. Rodríguez perdió compañeros de su regimiento durante el conflicto y utilizó la visita al cementerio para recordar particularmente a uno de ellos, conocido como el “Tano” Orisbergher.
La posibilidad de volver, tantos años después, le permitió vincular el recuerdo de aquel compañero con la vida que continuó en el continente y con los homenajes que se realizaron en su memoria.
Incluso celebró su cumpleaños durante la estadía en las islas, un hecho que convirtió aquella fecha personal en parte de una experiencia que había esperado durante décadas.

Miguel Ángel Rodríguez, el soldado conscripto que combatió en Malvinas y, decadas después, regresó al archipiélago.
El costo económico también forma parte de la discusión
La cuestión del pasaporte no es el único aspecto controvertido del regreso.
Quienes sostienen la conveniencia de viajar reconocen que cada visitante consume servicios y realiza gastos dentro de un territorio cuya administración está en manos británicas. Hotelería, transporte, excursiones y otros servicios generan ingresos que permanecen en la economía local.
Ese argumento alimenta una segunda contradicción: visitar las islas puede contribuir a mantener viva la presencia argentina y, al mismo tiempo, generar un beneficio económico para la administración que Argentina cuestiona.
Rodríguez reconoce esa tensión. Para quienes comparten su posición, el costo económico debe ser evaluado frente al valor que tiene recuperar el contacto directo con el territorio, recordar a los caídos y transmitir la experiencia a quienes no participaron de la guerra.
Para la postura contraria, en cambio, cualquier aporte económico al sistema vigente puede interpretarse como una colaboración involuntaria con la permanencia británica.
Un reclamo que continúa en el escenario internacional
La discusión sobre los viajes se produce dentro de un contexto diplomático que permanece sin resolución.
La Argentina sostiene oficialmente su reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes. Naciones Unidas, por su parte, ha reconocido la existencia de una disputa de soberanía y ha reclamado reiteradamente que Buenos Aires y Londres encuentren una solución mediante negociaciones.
En 2026, el tema continúa presente en los organismos internacionales. Durante la sesión del Comité Especial de Descolonización de Naciones Unidas se volvió a destacar la necesidad de retomar un proceso de diálogo entre ambos países, en línea con las resoluciones históricas de la organización.
Por eso, el debate sobre el pasaporte no puede separarse completamente de la cuestión de fondo. El documento es, en apariencia, un requisito migratorio. Para los veteranos y para buena parte de la sociedad argentina, sin embargo, el significado que se le atribuye está directamente relacionado con la disputa de soberanía.
Entre la memoria y la presencia
Las experiencias de Rendo Gadea, Yorio y Rodríguez muestran que no existe una única respuesta entre quienes regresaron a Malvinas.
Algunos veteranos consideran que el sello migratorio constituye una línea que no están dispuestos a cruzar. Otros aceptan el procedimiento porque entienden que no modifica su convicción sobre la soberanía argentina y porque el paso del tiempo vuelve cada vez más urgente la posibilidad de regresar.
La diferencia entre ambas posiciones no implica necesariamente una distancia respecto de la causa. En muchos casos, el punto de coincidencia está precisamente en la necesidad de mantener viva la memoria de la guerra y de quienes no regresaron.
Para quienes defienden los viajes, caminar por los antiguos campos de batalla, visitar el Cementerio de Darwin y mostrar a las nuevas generaciones cómo es el territorio constituyen formas de preservar una historia que podría perderse con el paso de las décadas.
El documental Malvinas, legado de sangre refleja justamente esa intención de transmisión generacional: veteranos que regresan junto con familiares para convertir sus recuerdos en un testimonio destinado a quienes nacieron muchos años después del conflicto.
Así, el dilema del pasaporte termina siendo parte de una discusión mucho más amplia. Para unos, aceptar el sello supone reconocer una situación que consideran inadmisible. Para otros, el papel no puede estar por encima de la posibilidad de volver al lugar donde combatieron, honrar a los caídos y transmitir la memoria.
La controversia permanece abierta, pero todos esos testimonios tienen un punto en común: Malvinas continúa ocupando un lugar central en la memoria argentina y el reclamo de soberanía sigue formando parte de la agenda internacional. El desafío, para quienes impulsan la llamada “malvinización”, consiste en encontrar nuevas formas de sostener esa memoria y transmitirla sin que el paso del tiempo termine alejando a las nuevas generaciones de una historia que todavía permanece abierta.
FUENTE: MDZ