Una mirada crítica sobre el rumbo político y económico de la provincia de Buenos Ayres: entre la gestión tecnocrática y la necesidad de una conducción con anclaje productivo, el autor plantea que, sin generación de riqueza real, arraigo territorial y acumulación de capital, no hay desarrollo posible. Una interpelación directa a una dirigencia desconectada de la realidad bonaerense.

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Por Luis Gotte – La trinchera bonaerense

La provincia de Buenos Ayres no necesita académicos ni tecnócratas. No necesita a alguien que hable de “capitalismo tardío” en inglés, de “biopolítica” en alemán o de “hegemonía cultural” en francés. Esos idiomas suenan muy bien en los paraninfos universitarios, pero afuera -en la Pampa Húmeda, en los puertos de Mar del Plata o Quequén, en los cordones frutihortícolas- el bonaerense no entiende de Foucault, de Gramsci ni de los charlatanes de Frankfurt. Entiende de hectáreas, de toneladas, de milímetros, del clima, de cuentas, de costos y de ganancias.

La dirigencia política bonaerense se ha llenado de administradores citadinos: gente que vive en barrios privados o en Puerto Madero, que lee a los mismos autores europeos y cree que la realidad se resuelve con una teoría bien citada. Mientras tanto, la producción se desangra. El campo exporta soja, pero la renta se fuga y los pueblos se despueblan. La industria manufacturera, como las granjas familiares, sobrevive con los dientes apretados, sin crédito, sin políticas activas, sin un Estado que la mire a los ojos. Hasta el Banco Provincia ya les da la espalda.

La provincia, que tienen una deuda de 13 mil millones de dólares, necesita una fase de acumulación primaria de capital. Acumular significa generar excedente y reinvertir. Que el trabajo se transforme en bienes, los bienes en dinero y el dinero en más producción. No hay atajos. No hay desarrollo tecnológico sin base material. No hay revolución digital sin un campo que funcione. Los ingleses hicieron su acumulación primitiva con opio y carbón; los chinos, con baratijas y chucherías. Nosotros queremos saltarnos ese paso porque nos da vergüenza admitir que primero hay que ensuciarse las manos.

No debemos seguir copiando las ideas europeas. El filósofo argentino Rodolfo Kusch lo sabía: el “ser” europeo es una ilusión. Acá se “está”. Y el estar productivo es la única forma de salir de esta crisis. No con discursos, sino con tractores, con tornos, con obreros que cobren un salario digno. La tecnología y la digitalización serán la segunda fase, pero sin la primera, la segunda es una mentira.

Hemos caído en la positividad vacía, como diría el pensador coreano Byung-Chul Han: creemos que pensar es hacer. Y no. La provincia no necesita más thinkers, necesita hacedores. Gente que sepa que un plan económico no es un paper: es una cosecha, una línea de montaje, un camión que carga y descarga.

Nuestra dirigencia es trágicamente cómica, como señalaría el rumano Emil Ciorán: habla como si viviera en la belle époque francesa y gobierna como si estuviera en el siglo XIX oligárquico. El resultado es una provincia que produce riqueza y la ve pasar de largo. El bonaerense produce, pero no acumula. Su trabajo es expropiado por una casta ideológica que lo desprecia mientras lo explota.

La provincia necesita conducción política comprometida con la producción, no con las ideologías. Con los pies en el barro. Con la obsesión de ordenar la economía para que el excedente quede en casa. Y después, recién después, la tecnología, la digitalización, el futuro. Para eso, el poder político no debe estar en La Plata.

La política no es una teoría: es una vocación de servicio, como lo expresó Francisco. Hay que bajar del pedestal, oler el suelo, tocar la carne del que suda, sentir el hedor bonaerense. No prometer soluciones mágicas, sino prometer estar ahí. Y en una provincia administrada por traductores de ideologías ajenas, estar ahí ya es una revolución.

Una Buenos Ayres distinta es posible. No cuando hablemos como europeos, sino cuando empecemos a trabajar como bonaerenses.

 

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