El Río Grande, que participó de la guerra de Malvinas, espera en un negocio de compra-venta de máquinas que se concrete el sueño de su dueño: convertirse en un museo. Antes, la Justicia deberá determinar si fue usado por la dictadura para los “vuelos de la muerte”.

Jorge Ramírez hace más de 34 años que compra y vende artefactos usados, desde balanzas, cajas fuertes, molinos y silos hasta arcos de fútbol, en un predio de 30 mil metros cuadrados, ubicado en Camino de Cintura al 8200, en 9 de Abril, Esteban Echeverría.

El negocio se llama “Expomáquina”, pero casi nadie lo conoce con esa denominación. Es, simplemente, “donde está el avión”.

“Jamás vendería el avión, ya es una parte de mí; me voy a ir a la tumba con él”, afirma Ramírez sobre el Electra 5-T-3, que perteneció a la Aviación Naval desde 1973. Lo compró hace 20 años, el 11 de agosto de 1997. En tan sólo una hora y media, la nave, que permanecía en Ezeiza, fue trasladada por partes y colocada donde hoy se encuentra, durante un operativo de la Policía Bonaerense.

En la guerra de Malvinas, tres aviones Electra de la Marina habían prestado servicio activo para transporte de personal y carga –el 5-T-1, el 5-T-2 y el Río Grande–, con 27 aterrizajes en Puerto Argentino. Terminada la contienda, la vida de este último se extendió hasta 1989, cuando voló por última vez.

LA SOMBRA DE LOS VUELOS DE LA MUERTE

Pero sobre el Río Grande sobrevuelan sospechas de que participó de los “vuelos de la muerte”, operativos en los que la dictadura arrojaba al Río de la Plata o al mar a prisioneros políticos. Ramírez asegura que cuando lo compró desconocía esa versión y sostiene que sólo le interesó porque “sabía que el avión había estado en Malvinas” y quería tener parte de esa historia.

Por los terribles hechos en los que el avión estaría involucrado, que son juzgados dentro de la Megacausa ESMA, Ramírez está imposibilitado de realizar cualquier tipo de reforma en la nave. Por tal motivo, señala que espera que se hagan “las pericias que quedaron demoradas”.

“Siempre tuve la idea de convertirlo en un museo para homenajear a los héroes de Malvinas”, asegura. Y ese proyecto fue decisivo a la hora de que la Armada decidiera a quién venderle el avión, según cuenta, ya que había varios interesados. “La pulseada”, relata, se la ganó “a un gitano que quería comprarlo para después cortarlo y venderlo como aluminio”.