La historia de Nicolás Ramón Herrera comienza mucho antes de la localidad matancera de González Catán. Nicolás, huérfano de padre y madre, llegó desde La Rioja a Buenos Aires en el año 1948, cuando era muy joven y se quedó en la casa de su prima radicado en la Capital Federal.
Herrera procuró siempre salir adelante y se inscribió en la Universidad de Buenos Aires para cursar la carrera de Ingeniería Eléctrica, a la vez que comenzó a trabajar de vendedor ambulante en la zona de Palermo, donde vendía golosinas, helados y gaseosas.
En el tercer año de universidad Nicolás tuvo que dejar la carrera ya que necesitaba conseguir otro trabajo que le permitiera mantener a su familia. Luego de mucho esfuerzo y gracias a sus conocimientos, pudo lograr comprarse una casa en la localidad de González Catán en La Matanza.
Nicolás decidido a progresar trabajó de lo que estuvo a su alcance, vendedor, electricista, empleado de la Fuerza Aérea. En el año 1998 cuando se encontraba trabajando en una empresa de instalaciones eléctricas, lo envían a realizar unos trabajos en Río Gallegos.
Una vez allí Nicolás asegura que la tranquilidad que le proporcionó el lugar fue lo que lo motivó a asentarse allí con su familia. Al poco tiempo pudo construir su propia casa y comenzó a trabajar de lo que más le apasionaba, vendedor ambulante.
Herrera cuenta que «hace 20 años que vive allí, que es el lugar que eligió para quedarse, y que su oficio de vendedor lo ha llevado a conocer a casi todos en el lugar». Además contó que «a pesar de haber luchado hace poco contra el COVID-19 al día de hoy continúa trabajando y que de su puesto de vendedor en el centro de la ciudad lo van a sacar con las patas para adelante».
Fuente La Opinión Astral