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	<title>Regimiento 3 Archivos - El Nacional de Matanza</title>
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	<description>El medio de noticias más leído de La Matanza</description>
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	<title>Regimiento 3 Archivos - El Nacional de Matanza</title>
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		<title>Saredi:»Este 20 de Junio recordamos el Día de la Bandera con la historia de un héroe de Gonzàlez Catan»</title>
		<link>https://elnacionaldematanza.com.ar/2017/06/20/saredieste-20-de-junio-recordamos-el-dia-de-la-bandera-con-la-historia-de-un-heroe-de-gonzalez-catan/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[nacional]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 20 Jun 2017 03:43:07 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[La Matanza]]></category>
		<category><![CDATA[Política]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El Dr. Miguel Saredi, nos hizo llegar una emocionante e interesante historia, para conmemorar el Día De La Bandera Nacional Argentina. Saredi quiso conmemorar este día y expresó: «Nada mejor, que recordar la conmovedora historia del Sargento Villegas de González Catán y del Soldado Tries». «Se mezclan sensaciones, recuerdos, El Regimiento 3 de La Tablada [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://elnacionaldematanza.com.ar/2017/06/20/saredieste-20-de-junio-recordamos-el-dia-de-la-bandera-con-la-historia-de-un-heroe-de-gonzalez-catan/">Saredi:»Este 20 de Junio recordamos el Día de la Bandera con la historia de un héroe de Gonzàlez Catan»</a> aparece primero en <a href="https://elnacionaldematanza.com.ar">El Nacional de Matanza</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>El Dr. <a href="http://www.miguelsaredi.com">Miguel Saredi</a>, nos hizo llegar una emocionante e interesante historia, para conmemorar el Día De La Bandera Nacional Argentina.</p>
<p><img data-recalc-dims="1" decoding="async" class="size-full wp-image-7846 aligncenter" src="https://i0.wp.com/elnacionaldematanza.com.ar/wp-content/uploads/2017/05/CpJjwv9WIAAmBjf.jpg?resize=480%2C361" alt="" width="480" height="361" srcset="https://i0.wp.com/elnacionaldematanza.com.ar/wp-content/uploads/2017/05/CpJjwv9WIAAmBjf.jpg?w=480&amp;ssl=1 480w, https://i0.wp.com/elnacionaldematanza.com.ar/wp-content/uploads/2017/05/CpJjwv9WIAAmBjf.jpg?resize=300%2C226&amp;ssl=1 300w" sizes="(max-width: 480px) 100vw, 480px" /></p>
<p><span id="more-8282"></span></p>
<p><img data-recalc-dims="1" decoding="async" class="size-full wp-image-8290 alignleft" src="https://i0.wp.com/elnacionaldematanza.com.ar/wp-content/uploads/2017/06/IMG-20170531-WA0007.jpg?resize=396%2C355" alt="" width="396" height="355" srcset="https://i0.wp.com/elnacionaldematanza.com.ar/wp-content/uploads/2017/06/IMG-20170531-WA0007.jpg?w=396&amp;ssl=1 396w, https://i0.wp.com/elnacionaldematanza.com.ar/wp-content/uploads/2017/06/IMG-20170531-WA0007.jpg?resize=300%2C269&amp;ssl=1 300w" sizes="(max-width: 396px) 100vw, 396px" /></p>
<h3></h3>
<h3>Saredi quiso conmemorar este día y expresó: «Nada mejor, que recordar la conmovedora historia del Sargento Villegas de González Catán y del Soldado Tries».</h3>
<h3>«Se mezclan sensaciones, recuerdos, El Regimiento 3 de La Tablada (donde hice el servicio militar), Nuestros héroes de La Matanza, Nuestras Malvinas, Nuestra Bandera», enfatizó  Saredi.</h3>
<p><!--more--></p>
<p><strong>Malvinas: Rescatando al Sargento Villegas</strong></p>
<p>Una historia que conmueve y simboliza la unión, el compañerismo y la lealtad, de una misma Bandera.</p>
<p style="text-align: center;"><img data-recalc-dims="1" decoding="async" class="size-full wp-image-8283 aligncenter" src="https://i0.wp.com/elnacionaldematanza.com.ar/wp-content/uploads/2017/06/1025408h765-e1497903420933.jpg?resize=887%2C455" alt="" width="887" height="455" /> Villegas y Tríes en un cenotafio de Pilar, que es una réplica del cementerio de Malvinas</p>
<p>Tríes había cumplido el servicio militar obligatorio en la compañía del Regimiento de Infantería Mecanizado 3 de la Tablada: antiguamente sus oficiales y suboficiales llevaban una pechera amarilla, es por eso que algunos todavía lo llamaban con orgullo “El 3 de Oro”. Y cuando Tríes ya estaba trabajando afuera y estudiando ingeniería, había recibido el 8 de abril de 1982 en su casa de Villa Ballester, un aviso de reincorporación.</p>
<p>Un negrazo valiente, que vivía en González Catán y que había instruido a Tríes lo quería a su lado en la guerra: el sargento Manuel Villegas, conocido por su extrema dureza y a la vez por su extraña sensibilidad de hombre.</p>
<p><span class="s1">Sesenta días después, Tríes ya no era un simple conscripto </span><span class="s1">intentando disuadir a un soldado de que no se volara la tapa </span><span class="s1">de los sesos. Era un guerrero de Villegas con la responsabilidad </span><span class="s1">de que no se perdiera ni un hombre ni una bala.</span></p>
<p><span class="s1">V</span><span class="s1">illegas, caratulado, como un </span><span class="s1">hombre con más corazón que odio, su debilidad </span><span class="s1">era otro soldado débil a quien todos llamaban Lupin, un </span><span class="s1">huérfano total apellidado Serrezuela, que desde los siete años, </span><span class="s1">había vivido en el campo sin familia y sin destino, y a quien </span><span class="s1">nadie jamás le había enviado una carta. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Villegas, </span><span class="s1">ordenó a un conscripto del grupo </span><span class="s1">que le pidiera a su novia un favor: debía buscar a una amiga </span><span class="s1">para que ésta escribiera de su puño letra una misiva dirigida a </span><span class="s1">Lupin.  U</span><span class="s1">n día, el encargado del correo voceó por primera vez su apellido: </span><span class="s1"><i>¡Serrezuela! </i>Y entonces Villegas vio que Lupin ni siquiera </span><span class="s1">se mosqueaba. Como si no lo hubiera oído. <i>¡Serrezuela!</i>, repitieron </span><span class="s1">varias veces. Y nada. Lupin miraba distraídamente el </span><span class="s1">horizonte. Villegas lo enfrentó: <i>Che, boludo, ¿usted no es Serrezuela?</i></span></p>
<p class="p1"><span class="s1">&#8211; <i>Sí, pero yo no recibo </i></span><span class="s1"><i>cartas- , mi sargento. Debe ser un Serrezuela de otra compañía</i>. Villegas </span><span class="s1">tomó el sobre y se lo entregó. Lupin, se transformó </span><span class="s1">como si hubiera descubierto un tesoro. Abrió lenta y </span><span class="s1">cuidadosamente el sobre, leyó esas pocas líneas dirigidas a él y </span><span class="s1">a nadie más, y después arrugó la carta contra el pecho y caminó </span><span class="s1">mirando al cielo: <i>Gracias, Dios mío, gracias, gracias</i>.  </span><span class="s1">Eso no impidió que el sargento lo castigara a Lupin con dureza, por </span><span class="s1">maltratar a su fusil, un pecado mortal en tiempos de batalla.</span></p>
<p><span class="s1">A las dos de la madrugada del 14 de junio, el regimiento </span><span class="s1">recibió la orden de cargar armamento y municiones y avanzar</span><span class="s1">. Se combatía en todas partes. </span><span class="s1">Villegas y sus </span><span class="s1">hombres se metieron en el agua y cruzaron dificultosamente </span><span class="s1">con los fusiles en alto. Llegaron con frío y sin fuerzas a la otra </span><span class="s1">orilla, pero escucharon la orden: <i>¡A lo gaucho, carrera, march! </i></span><span class="s1"><i>¡Viva la Patria, carajo! </i>Y se pusieron de pie y empezaron a escalar </span><span class="s1">el monte lleno de rocas. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Villegas, fuè herido. Se tomó la panza y vio que le salía sangre a borbotones </span><span class="s1">y que comenzaba a arderle como si le hubieran arrojado </span><span class="s1">encima dos paladas de brasas de carbón. <i>Tiren </i>—les gritó </span><span class="s1">a sus soldados—. <i>Tiren, que están escondidos detrás de esas rocas</i>.</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Tríes no podía disparar sin correr el riesgo de balear a su propio </span><span class="s1">sargento. Apártese<i>, que le voy a pegar</i>, le gritó entre las piedras. </span><span class="s1"><i>Tire igual, que yo ya estoy listo</i>. </span><span class="s1">Villegas, al ver que no le hacían caso, se estiró para agarrar el fusil y entonces </span><span class="s1">el francotirador le atravesó una mano de otro balazo.</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Tríes le dijo a Serrezuela: <i>Vamos a buscarlo</i>. El sargento se </span><span class="s1">empezó a sacar el correaje y le gritó: <i>Tríes, quedate porque te </i></span><span class="s1"><i>va a matar</i>. Tríes y Serrezuela se miraron en la oscuridad. Luego </span><span class="s1">se incorporaron, arrojaron ostensiblemente los fusiles al suelo </span><span class="s1">y levantaron las manos. Subieron en esa posición audaz quince </span><span class="s1">metros hasta su jefe, lo tomaron de los brazos y lo bajaron </span><span class="s1">hasta el lugar donde se habían parapetado. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Villegas, pedía desesperadamente agua. Tríes le dio una </span><span class="s1">botellita de whisky y le llenó la boca con trozos de nieve. Había </span><span class="s1">que retroceder ya mismo.<i> Tríes </i>—lo llamó Villegas—. <i>No creas </i></span><span class="s1"><i>que me pongo en héroe, pero quiero que le avises a mi familia que </i></span><span class="s1"><i>me quedo acá. Contales de la forma que les duela lo menos posible, </i></span><span class="s1"><i>¿sabés? A mi mujer decile que lamento no haberme casado con ella </i></span><span class="s1"><i>y a mi nena de tres años decile que, decile</i>. En ese momento se </span><span class="s1">fue en llanto. Pero se contuvo. Lo agarró a Tríes de la solapa </span><span class="s1">y le dijo, en un hilo de voz: <i>Meteme un tiro. </i></span><span class="s1"><i>Meteme un tiro, no me dejés sufriendo</i>.</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">El soldado parpadeaba, anonadado por la orden. De pronto </span><span class="s1">se rehízo y le dijo: <i>De ninguna manera, usted me debe un </i></span><span class="s1"><i>asado</i>. Y entonces Lupin y Tríes agarraron al sargento, que pegaba </span><span class="s1">alaridos de bronca y se resistía, le hicieron sillita de oro </span><span class="s1">y lo pasaron por un pequeño puente sin que ningún inglés les </span><span class="s1">disparara, mientras el combate seguía.</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Llegaron con el último aliento a un hospital lleno de </span><span class="s1">amputados y heridos, y le entregaron el cuerpo maltrecho de </span><span class="s1">Villegas a los cirujanos. El sargento escuchó a uno de ellos </span><span class="s1">que decía: <i>Le queda poco</i>. Villegas alcanzó a decirles que no lo </span><span class="s1">amputaran, que lo durmieran para siempre. Al despertarse, </span><span class="s1">varias horas después, vio a varios ingleses con fusiles en la </span><span class="s1">mano. <i>No entiendo nada</i>, susurró. Un enfermero le respondió: </span><span class="s1"><i>No te preocupes, ya se arregló todo</i>. Villegas seguía sin comprender. </span><span class="s1"><i>Nos rendimos, macho </i>—le aclararon—. <i>Nos rendimos</i>. </span><span class="s1">Y Villegas, se echó a llorar.</span></p>
<p class="p1"><strong><span class="s1">Desde ese cruce, se hicieron íntimos amigos. Asistieron </span><span class="s1">juntos a escuelas a dar charlas, ayudaron a los veteranos más </span><span class="s1">desvalidos, presentaron a sus familias, y comieron muchos asados.</span><span class="s1">Hay un afecto especial entre ellos. Esa clase de sentimiento </span><span class="s1">entre hermanos que florece solamente en la trinchera </span><span class="s1">y en la solidaridad del dolor.</span></strong></p>
<p class="p1"><span class="s1">Un día, sin embargo, Villegas le dijo a Tríes que tenía una </span><span class="s1">asignatura pendiente: encontrar a Serrezuela y explicarle por </span><span class="s1">qué lo había castigado tan duramente en aquellas vísperas. Sentía que le </span><span class="s1">debía esa explicación, además de deberle la vida. Lo rastrearon </span><span class="s1">a Lupin .</span><span class="s1"><i>Tenemos </i></span><span class="s1"><i>a un Serrezuela en Olivos </i>—les dijo un veterano—.<i>Pero </i></span><span class="s1"><i>apúrense porque tiene cáncer de pulmón y se está muriendo</i>.</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Lupin, hacía quince días que no se levantaba de la cama ni se </span><span class="s1">afeitaba. Tríes le avisó a su esposa que él y Villegas lo visitarían </span><span class="s1">esa tarde. Al verse, l</span><span class="s1">es caían </span><span class="s1">las lágrimas a los tres. Lupin lo llamaba “mi sargento”, a pesar </span><span class="s1">de que Villegas ya no tenía cargos ni ganas de tenerlos. <i>Usted </i></span><span class="s1"><i>va a ser siempre mi sargento </i>—le dijo aquel huérfano congénito—. </span><span class="s1"><i>Usted ha sido mi papá</i>. Villegas, tragó saliva y le respondió: <i>Yo vengo a pedirte disculpas, Lupin, y a explicarte por qué te </i></span><span class="s1"><i>castigué aquella vez</i>. No hacía ninguna falta, pero se quedaron </span><span class="s1">hablando horas y horas de aquellos tiempos en los que fueron </span><span class="s1">gloriosamente vencidos.</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">El viernes de la semana siguiente repitieron la visita, pero </span><span class="s1">esa vez Lupin no pudo levantarse de la cama. <i>Esta noche me </i></span><span class="s1"><i>voy</i>, les dijo, y lo mandaron afectuosamente a la mierda. Al día </span><span class="s1">siguiente, cuando Villegas cruzaba un peaje, sonó su celular. </span><span class="s1">Era la mujer de Serrezuela: su esposo acababa de morir. Dio </span><span class="s1">la vuelta, llamó a Tríes y llegaron cuando el cadáver todavía </span><span class="s1">estaba tibio. En el velorio, los veteranos de la zona pedían hablar </span><span class="s1">con Villegas y abrazarlo como si fuera el sargento Cabral. </span><span class="s1">Lupin, les había hablado durante veinte años de aquel héroe </span><span class="s1">personal que los había guiado durante sesenta días de sangre </span><span class="s1">y fuego. </span></p>
<p class="p1">En noviembre, la esposa de Villegas lo llamó a Tríes para <span class="s1">decirle que el viejo sargento había sufrido un golpe de presión </span><span class="s1">y que no podía hablar bien. El viejo soldado sacó el auto </span><span class="s1">y condujo a gran velocidad por el conurbano hasta encontrar </span><span class="s1">a Villegas. Lo subió de apuro y apretó el acelerador por la autopista </span><span class="s1">en busca del Hospital Militar. <i>Otra vez, llevándote a un </i></span><span class="s1"><i>hospital, sargento </i>—le dijo Tríes—. <i>La puta madre, ya me estoy </i></span><span class="s1"><i>cansando de andar salvándote la vida</i>. Comenzaron a reírse.</span></p>
<p class="p1"><strong><span class="s1">Todavía se están riendo.</span></strong></p>
<p class="p1">Fuente: Extraída (y modificada), del diario La Naciòn.</p>
<p class="p1">Autor: Jorge Fernández Diaz.</p>
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