Por Luis Gotte – la trinchera bonaerense

En la provincia de Buenos Ayres se ha instalado una zoncera funcional: la idea de una supuesta pelea de fondo entre el cristinismo y el llamado “axiolismo”. Se la presenta como fractura de posiciones. ¿De verdad hay ruptura? Todo indica que no. Lo que existe es estrategia compartida. No hay conflicto de objetivos, apenas diferencias tácticas. Lo estratégico es el mismo.

Desde 1882 pesa sobre la provincia una superstición política que se cumple con precisión matemática: quien se sienta en el sillón de Rocha no accede al de Rivadavia. La llamada “Maldición de la Tolosana” ha convertido a Buenos Ayres en un territorio que devora a sus gobernadores, los inmoviliza y los olvida. Axel Kicillof no parece escapar a esa lógica. Su margen de autonomía es mínimo. ¿Qué decisiones estratégicas propias ha tomado en la provincia? ¿Qué acciones propias lo muestran como conductor? Las respuestas son esquivas. Lo que sí está claro es que necesita tutelas y sostenes, y los tiene. La supuesta distancia con CFK es nada más que relato: las cajas bonaerenses que alimentan al cristinismo y a La Cámpora no solo se mantienen, sino que se incrementan.

Un dato mata relato: la Secretaría de la Mujer, dirigida por una referente camporista, administra un presupuesto superior a los 100 mil millones de pesos. En paralelo, cualquier funcionario que critique a CFK es desplazado. El empleo público se llena de militantes. ¿Ruptura? Ninguna.

El gesto de Máximo Kirchner al ofrecerle a Axel la presidencia del PJ bonaerense no fue altruismo. Fue cálculo. No dan puntada sin hilo. El movimiento no le otorgó poder a Axel, sino que redujo su margen de maniobra. ¿Qué pierde Axel? Autonomía. ¿Qué pierde la provincia? Futuro.

El pacto se selló como suelen sellarse los acuerdos que no quieren ser vistos: de madrugada, entre sombras. Nadie conoce los términos exactos. Nuestra hipótesis es que: Axel habría cedido la provincia a La Cámpora, aceptando que la próxima candidatura a la gobernación sea camporista, a cambio de apoyo cerrado a su aventura presidencial en 2027.

Pero ese esquema enfrenta un obstáculo mayor: La Matanza. El intendente conserva autonomía propia, juego propio. Maneja cerca del 10% del padrón bonaerense y una caja paralela que supera incluso los ingresos formales del municipio. Allí no se juega ideología ni relato: se juega poder crudo. Y este año, seguramente, habrá accidentadas novedades.

Al final, todo se reduce a lo mismo: una pelea de cajas y de vanidades. No se discute cómo sacar a la provincia del estancamiento estructural, sino quién administra el botín. Los discursos, las supuestas diferencias, las internas mediáticas son apenas zonceras bonaerenses. Relato para la militancia, distracción para el pueblo. El poder real sigue intacto, operando en la oscuridad.