Por Miguel Saredi

Desde mi lugar, quise volver sobre esta historia para ampliarla y ponerla en contexto: desde la estancia El Pino hasta el Museo Histórico Municipal Juan Manuel de Rosas, el recorrido del Museo y del sable no es solo pasado, es identidad viva de La Matanza. Escribí este texto para explicar por qué su preservación importa hoy, cuando los símbolos de la Patria vuelven a ser usados y disputados en el presente político.

El sable corvo del general José de San Martín no es una reliquia neutra ni un objeto ceremonial para posar en una foto. Es un símbolo de soberanía, de lucha antiimperialista y de decisión política. San Martín lo legó a Juan Manuel de Rosas porque reconoció en él al conductor que enfrentó a las potencias extranjeras y defendió la independencia real del Río de la Plata. Ese gesto no fue casual ni decorativo: fue una definición histórica que hoy vuelve a incomodar al poder.

Por eso, la decisión del presidente Javier Milei de retirar el sable del Museo Histórico Nacional no es un trámite ni una cuestión logística. Es una apropiación simbólica, un acto de vaciamiento político y una provocación directa a la memoria colectiva del pueblo argentino. Cuando el museo se negó a prestarlo para un acto personal, el gobierno respondió con el desplazamiento de su director. Ahora, directamente, se llevan la pieza. No es descuido: es decisión.

En La Matanza, la historia no se mira desde una vitrina. Se camina, se discute y se defiende. El Museo Histórico Municipal Juan Manuel de Rosas, ubicado en la antigua estancia San Martín —El Pino— es uno de los espacios donde la memoria no se entrega ni se negocia. Allí, el pasado se enlaza con el presente y vuelve a señalar que los símbolos de la Patria no pertenecen a los gobiernos de turno.

Territorio, poder y proyecto nacional

La estancia El Pino, en el kilómetro 40 de la Ruta Nacional Nº 3, fue uno de los centros políticos y estratégicos más importantes del siglo XIX. Juan Manuel de Rosas la adquirió en 1822 y decidió llamarla “San Martín” en homenaje al Libertador. No fue un gesto inocente: fue una afirmación ideológica y una toma de posición histórica que hoy conserva plena vigencia.

Rosas transformó la estancia en una unidad productiva modelo, con infraestructura, ganado de excelencia y un funcionamiento que la convirtió en un verdadero centro de poder. Como señala José Luis Busaniche, El Pino fue uno de los cinco espacios fundamentales en la vida política del Restaurador. No era solo campo: era conducción.

La estancia fue escenario de la guerra civil, del encuentro entre Lavalle y Rosas y de los saqueos unitarios en la zona de Virrey del Pino. Tras Caseros, Rosas fue derrotado y exiliado; sus bienes, confiscados. La historia oficial intentó borrar su huella, pero el territorio resistió.

De la resistencia al museo

El intento de despojo continuó durante décadas. A pesar de haber sido declarada Monumento Histórico Nacional en 1942, la estancia fue fragmentada y reducida a su casco histórico. Durante años permaneció cerrada, hasta que la lucha de vecinos e historiadores logró su recuperación.

La decisión del municipio de La Matanza de convertirla en museo y, luego, de imponerle el nombre de Juan Manuel de Rosas fue un acto de reparación histórica. No fue neutral: fue política. Desde entonces, el museo es un espacio de disputa cultural, memoria federal y soberanía simbólica.

Desde La Matanza: la memoria no se entrega

La Matanza no es un rincón olvidado de la historia argentina. Es territorio protagonista. Puente de Márquez, El Pino, la Ruta 3 y el Museo Juan Manuel de Rosas lo confirman. Por eso, desde este distrito se rechaza el uso personal y arbitrario de los símbolos nacionales.

El sable de San Martín no pertenece al Presidente. No pertenece a ningún gobierno. Pertenece al pueblo argentino. Defenderlo es defender la soberanía. Defender a Rosas es defender una tradición federal. Y defender la historia es, hoy más que nunca, un acto de militancia.

En La Matanza, la memoria no se acomoda al poder. Se sostiene con territorio, convicción y lucha.