Demanda simbólica: las mil máscaras de lo público

Demanda simbólica: las mil máscaras de lo público

unnamed por Fabrizio Manrrique

Muy a pesar de las oleadas pro-mercado y su posterior anclaje en las ciencias sociales (la economía es una ciencia social, tal vez la más social de todas), de los golpes que supone un mundo en constante globalización y cambio, de panoramas críticos a los que se ven sometidas ciertas relaciones internacionales, de objetivos del milenio poco contemplados, el estado fue, es y seguirá siendo el actor central de la modernidad; desde Hobbes hasta el Brexit, la historia humana tuvo como eje ese aparato cada vez más grande, que teje relaciones, destruye, rearma, distribuye, organiza, omite y actúa.

El estado se desnuda en el análisis de las políticas públicas. No quiero recaer en un pensamiento total del tipo “todo es política pública”, pero hasta en las omisiones que realizan los gobiernos, en programas de acción que no ingresan en la agenda institucional, que no logran instalarse como prioridad, también hay una acción de estado. Cuando Oszlak y O’donell (1981) esbozaron su “protomodelo verbal” para entender los pasos clave de una política pública, dejaron entrever que en la definición de una “cuestión”, los equipos de gobierno y los demás actores que hayan participado de la instancia primaria de formulación de un problema, es el propio acto del estado el que está imprimiendo un sesgo normativo, una orientación “ideológica”, que muy probablemente encaje dentro de un marco más amplio de políticas públicas.

El estado puede generar los “problemas”, tomar cuestiones que probablemente no susciten el reclamo social, y transformarlo en agenda; también puede escuchar las voces externas, articuladas o no, bajo la órbita de los partidos políticos, las ONG, los grupos de presión y los medios de comunicación y cristalizar esas demandas dispersas en actos de gestión. Esa es la demanda política, la que se ve, la que se puede palpar, y sobre la cual, a partir de la implementación, pueden medirse sus efectos mediatos con los mecanismos de evaluación. Pero, ¿Qué sucede con eso que no se ve? Hasta ahora, hablamos sobre la política pública que de alguna forma, más o menos tardíamente, queda plasmada en algún papel y termina por generar un impacto social. Pero existe una demanda que no se ve, pero se puede sentir. Algo así como una experiencia epidérmica, de la esfera del pensamiento colectivo: hablamos de la demanda simbólica.

El estado posee mecanismos de acción cuando se trata de una demanda política: probablemente o recurra a estrategias ya puestas en práctica, o tome una idea nueva y la procese a través de sus siempre viejas estructuras burocráticas. La gran pregunta es: ¿Cómo administrar la demanda simbólica? Aquí no hay una respuesta clara, una única verdad. Lo cierto es que la comunicación política, la comunicación gubernamental, han tendido ciertos puentes de acceso, al menos, a la transformación de la demanda en un mensaje.  Un funcionario puede, frente a una cuestión que implique la imposibilidad de resolución material, emprender la difícil tarea de arrastrar la demanda hacia el plano simbólico e instalar, gracias a la comunicación política, un debate abierto que genere un tratamiento mediático y social.

La irrupción de las redes sociales en la vida humana, y las nuevas formas de transformación de estas redes en herramientas de comunicación política, han dejado un nuevo campo de acción para administrar lo inexplicable. ¿Qué es ser de izquierda o de derecha en América Latina, cuando hay gobiernos abiertamente declarados de centro izquierda que dejan necesidades básicas insatisfechas, o gobiernos de derecha que procuran extender programas sociales y conquistar el clamor popular?  ¿Por qué puede pasar inadvertida una política noble de inclusión social o de capacitación laboral de alcance nacional frente al impacto mediático de una noticia de la farándula o el comienzo del programa más visto de la televisión? La próxima tarea del Estado es aprender a utilizar herramientas virtuales para administrar, al menos por ahora, el vórtice del huracán comunicacional.