Por Miguel Saredi
La Argentina atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente bajo la presidencia de Javier Milei. Las reformas en curso, el deterioro del poder adquisitivo y el clima de tensión social configuran un escenario delicado. Pero quiero ser claro: no alcanza con señalar los errores del Gobierno. También debemos mirarnos hacia adentro.
Como dirigente peronista, estoy convencido de que nuestro espacio necesita un proceso profundo de introspección y autocrítica. No se trata de un gesto superficial ni de una consigna para la tribuna. Se trata de una condición indispensable para reconstruirnos como alternativa real de poder.
¿Por qué no somos opción para muchos?
Hay una pregunta que me interpela permanentemente: ¿por qué, aun en un contexto económico adverso, una parte importante de la sociedad no se vuelca masivamente hacia nosotros?
La respuesta que encuentro —y que también reflejan muchos análisis— es incómoda: hay sectores que no quieren volver a lo anterior. Esa percepción, nos guste o no, existe. Y negarla sería un error aún mayor.
Por eso sostengo que el peronismo debe revisar su etapa más reciente, incluida la experiencia kirchnerista. No personalizo esta reflexión; no se trata de nombres propios sino de una etapa política que mostró límites evidentes. Si no asumimos esos límites, si no hacemos una autocrítica sincera, difícilmente podamos reconstruir confianza.
Superar una etapa no es renegar de nuestra historia
Superar no significa desconocer lo hecho ni negar principios históricos. Al contrario: significa volver a nuestras raíces con mayor claridad doctrinaria. El peronismo tiene identidad propia, basada en la justicia social, la soberanía política y la comunidad organizada.
Cuando esa identidad se diluye o se mezcla sin definición clara, el mensaje pierde coherencia. Y cuando el mensaje pierde coherencia, la sociedad percibe contradicciones.
Creo que uno de nuestros grandes desafíos es recuperar claridad ideológica y práctica. No podemos seguir transitando zonas grises que generan confusión tanto dentro como fuera de nuestro espacio.
Autocrítica para recuperar credibilidad
No puede haber reconstrucción sin autocrítica. Si parte de la sociedad prefiere sostener un modelo que claramente afecta su calidad de vida antes que acompañarnos, algo hicimos mal. Y eso debe decirse con honestidad.
La autocrítica no debilita; fortalece. Nos obliga a revisar prácticas, liderazgos, formas de construcción y de representación. Nos obliga a preguntarnos si realmente estuvimos a la altura de las expectativas sociales.
También debemos reconocer que muchas veces la dirigencia se alejó de las bases. Cuando la política se percibe como distante de los problemas cotidianos, la representación se erosiona. Y cuando la representación se erosiona, el vacío lo ocupan discursos disruptivos que canalizan el malestar.
Una oportunidad en medio de la crisis
No escribo estas líneas desde el resentimiento ni desde la ruptura, sino desde la convicción de que el peronismo puede volver a ser una fuerza transformadora. Pero para eso debemos atravesar un proceso honesto de revisión interna.
La sociedad argentina está demandando coherencia, responsabilidad y renovación. Si no estamos dispuestos a ofrecer eso, quedaremos atrapados en nuestra propia inercia.
Hoy más que nunca, el peronismo necesita mirarse al espejo. Reconocer errores, redefinir prioridades y reconstruir identidad no es un lujo intelectual: es una necesidad política.
Solo así podremos volver a ser una alternativa sólida frente a un modelo que, estoy convencido, no ofrece soluciones de fondo para la Argentina.

